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Coronavirus: Cosas que nos quedaron sin hacer

Coronavirus: Cosas que nos quedaron sin hacer

POR MARÍA DÍAZ DEL RÍO

Cuando comienza una pandemia, nadie lo sabe. Como cuando se desata una galerna, cuando comienza la primavera o como cuando te enamoras. Los acontecimientos que cambian la vida a pequeña o gran escala son fortuitos, inesperados. Llegan sin avisar. Esta pandemia nos estaba avisando, dirán algunos. En China, primero; luego con los primeros contaminados en tierra materna. Puede ser. Pero ¿quién esperaba su magnitud? ¿Quién podía predecir la deriva de los acontecimientos? La mayoría (o todos) pensábamos: no es para tanto, aquí no va a ser igual. Y quince días o tres semanas después llegó el confinamiento. Y con él, todas las cosas que nos quedaron sin hacer. 

Tiempo roto

No hablo de las vacaciones de Semana Santa a las Islas Canarias, a Grecia, a Holanda o a Portugal –que también-. Ni de los recados que no podemos hacer, los cumpleaños y bodas cancelados, las cenas que quedaron pendientes. Me refiero a ir con tus padres a la casa del pueblo en Galicia,  a pasar cuatro días festivos en casa de tu abuela con tus sobrinas, a coger ese tren o ese vuelo para compartir el fin de semana con tu novia/o. Porque ese desplazamiento que no conseguimos llevar a cabo, son los abrazos y los besos que aún no hemos dado.

El cariño cotidiano cercenado. Lo que los anglosajones llaman tiempo de calidad. Lo que siempre ha sido pasar el rato, como si fuera poco cosa, pues es lo que resta del día después de completar todo lo importante. Que haya tenido que atacar esta armada invisible para enseñarnos que lo que no queda apuntado en la agenda, lo que pocas veces se marca en el calendario, es aquello que se ha quedado en cuarentena. No el trabajo, ni la economía, lo que se ha quedado en cuarentena es el contacto humano, las caricias, el amor.

El adiós más frío

A muchos se les está quedando por hacer algo más duro: despedir a los que se van. Los hospitales, hospitales de campaña también, donde muchos se salvan pero otros perecen, no dejan entrar esas manos que acompañan en el último momento. Esas palabras que todos en algún momento tendremos que decir aunque no nos gustaría: lo siento, gracias por cuidarme, soy quien soy gracias a ti, espero que estés orgulloso/a, vete tranquilo/a, te quiero. La compañía, los gestos de cariño, tienen recortadas las horas de visita. Los médicos, enfermeros y enfermeras y personal sanitario llevan una bandera que no es solo la del trabajo, también cuidan a los enfermos con todos los matices del verbo, pero no pueden sustituir a la compañía de tu hijo, tu hermana, tu padre o tu esposa.

En medio de este escenario surrealista, del temor a lo invisible, de la ansiedad por sus consecuencias, lo que importa es que estés con quien quieres estar, que puedas salir de casa para llegar hasta ellos. Y sí, todo esto pasará, volveremos a tomar las calles, a pasear por la playa o el margen del río, a subir a una montaña y volveremos a las plazas y a las terrazas. Pero, sobre todo, que cuando esto pase, puedas tomar la mano de alguien sabiendo que no eres una amenaza y que los sentimientos son tan libres como tus pasos. Después del confinamiento, cuando volvamos a la normalidad (si alguien se siente capaz de definirlo), recuerda cuál es el orden de tus prioridades. Cuando esto acabe, no te dejes nada sin hacer.

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