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¿Te pasas el día pidiendo perdón sin haber hecho nada malo?

¿Te pasas el día pidiendo perdón sin haber hecho nada malo?

Hacer inventario de las veces que se pide “perdón» o «disculpas” a lo largo del día puede ser un acto revelador. En ocasiones, simplemente se utiliza el término de forma errónea, aplicándolo a situaciones en las que necesitamos deambular y alguien entorpece el paso, o cuando se necesita la atención de alguien. En ambas, un “por favor” funcionará de forma efectiva.

Más allá de la banalización del término, el significado del perdón es profundo y se relaciona con un acto de dádiva de un modo desinteresado.

Sin embargo, en otras ocasiones aludir a la disculpa de modo recurrente se relaciona con el miedo al conflicto, una falta de asertividad o una baja autoestima. “Puede ser una manifestación de inseguridad y fragilidad emocional que nos impulsa a adoptar un papel de excesiva sumisión”, indica José Antonio Portellano, psicólogo clínico y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Repasamos las circunstancias ante las que el perdón está justificado y las que requieren una revisión de los motivos que llevan al acto de disculpa.

 

¿Con qué se relaciona el perdón?

Aspectos como la empatía, la compasión y la redención están vinculados con el auténtico significado de la disculpa. “El perdón exige elegir, conscientemente, abandonar un resentimiento provocado por algo que produjo dolor en el pasado. También ayuda a trascender de determinadas circunstancias y a crecer personalmente. En cierto modo, proporciona libertad”, explica Elena Daprá, psicóloga clínica y experta en gestión emocional.

Es un acto que se relaciona directamente con la capacidad para sobreponerse ante un enfado y con la búsqueda de la paz. Quien pide perdón intenta aliviar un daño infringido hacia otra persona, pero no está siempre ligado a una reconciliación. “No significa abandonar la búsqueda de la justicia, sino conseguir un estado de desahogo emocional que permitirá modificar los sentimientos hacia el ofensor”, manifiesta Portellano.

¿Cuándo es realmente necesario disculparse?

Siempre que se ha realizado una acción que ha supuesto un sufrimiento para alguien es recomendable pedir perdón, ya que de lo contrario se retroalimentan sensaciones de rencor y odio. Cuando se tienen dudas, descubrir si es necesario disculparse es fácil a través de la empatía.

“Si sentimos que hemos agraviado a alguien y eso nos duele, hemos sido capaces de ponernos en el lugar del otro”, argumenta Daprá. Pero además de aplicar esta percepción de emociones de los demás, pedir perdón requiere analizar la propia conducta. “También implica definir un plan de acción, una petición explícita y una reparación del daño ocasionado”, continúa.

También es necesario cuando se ha producido una mala comunicación entre las partes. Esto sucede cuando alguien volvería a actuar de la misma forma. “En estos casos, el perdón llega porque hay una falta de comunicación, de habilidades sociales, de gestión emocional y asertividad. Por ejemplo, si no soy asertivo, no sé serlo y tampoco permito que los demás lo sean, es muy fácil que se rompan los límites entre unos y otros y alguien se sienta agraviado”, indica la psicóloga. Ante este escenario, el perdón ofrece una oportunidad para resolver el conflicto y trabajar las carencias antes mencionadas.

¿Por qué nos disculpamos en exceso?

En situaciones normales, nadie se pasa el día ofendiendo o infringiendo sufrimiento a quienes les rodean. Pero la realidad se ve salpicada de perdones incluso cuando no se ha causado daño ni se ha actuado de manera errónea. Estos son los motivos más frecuentes ante las disculpas injustificadas.

Evitar que se empañe la imagen personal

El miedo a causar una impresión errónea o a ser etiquetados con algunos conceptos poco deseables hace que se pida perdón cuando realmente no procede. “Vivimos tiempos de corrección política, en ocasiones exagerada. Puede suceder que se busquen disculpas, no tanto porque exista un arrepentimiento real, sino para no dañar la propia imagen personal”, sugiere Portellano.

Escapar del conflicto

Mantener una posición firme ante los pensamientos personales y ser fiel a los principios individuales no es razón para que aparezca la disculpa cuando alguien discrepa. “Puede ser una maniobra para evitar represalias de la persona ofendida, cuando ésta es percibida como un enemigo potencialmente más poderoso que nosotros”, establece el psicólogo. En estos casos la disculpa es falsa. “El objetivo es no tener una discusión porque nos cuesta gestionar el conflicto”, subraya Daprá.

Una baja autoestima

Otra de las razones de un exceso de disculpas se relaciona con una baja autoestima. “Puede ser una forma de autoprotección psicológica, ya que de esta manera las personas con baja autoestima se sienten menos vulnerables. Pero está demostrado que incluso cuando hay motivos reales para el agravio, la petición de perdón puede mejorar la autoestima”, advierte Portellano.

Este tipo de personas sienten que hacen las cosas mal y que se equivocan. “Desde ahí, es desde donde piden perdón. Desarrollan un sentimiento de que van a infringir algún daño con sus acciones”, comparte Daprá. Una de las consecuencias de este comportamiento es que se anteponen los deseos de los demás a los propios.

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Una situación de perdón indebido

Pongamos que uno de los integrantes de una pareja se ha sentido celoso de un tercero. Esta persona va a comentarle directamente sus sentimientos y el tercero en discordia se disculpa sin haber tenido nada que ver en la reacción de la primera. Entre las razones que habrían provocado esta reacción se vislumbra una baja autoestima.
“Existe una falta de asertividad, relacionada con los límites saludables. Si siento que es mi derecho hacer algo, no es necesario pedir disculpas. Lo que ocurre es que si tengo poca autoestima y pienso que todo lo hago mal o no quiero que mi imagen se vea modificada, pienso que necesito pedir perdón”, comparte la psicóloga Elena Daprá.

¿Cómo evitar sobredisculparse?

Para evitar sobredisculparse en casos como estos, lo primero es trabajar sobre los límites personales y la asertividad. El punto de partida es identificar las situaciones en las que los primeros se ven transgredidos. A partir de ahí, hay que expresar lo que realmente se piensa, con educación y firmeza. De esta forma se fomenta la coherencia y el respeto con uno mismo.

“Yo ejerzo mi derecho de decir cómo soy, expresarme cómo quiero y no por eso estoy infringiendo un daño a alguien. Desde ese punto de vista, no tengo que pedir disculpas si hago o digo determinadas cosas”, concluye Daprá.

 

Este artículo fue publicado originalmente en lavanguardia.com


 

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